jueves, 30 de agosto de 2012

III. Hola, chicos, he vuelto, soy Ángel Ros

Abandonamos el automóvil en Sant Just Desvern y volvimos en autobús a Barcelona. Pasamos un par de días en un piso recién alquilado, mirando por la ventana, escuchando la radio, fumando, haciendo el amor en el sofá, fingiéndonos sonámbulos. Al tercer día, por compensación, decidimos que el próximo atraco lo haríamos en mi antiguo trabajo. Para entonces Ana ya era conocida como la asesina de la calle  Comercio, y los distintos medios de información que se habían ocupado del caso no sabían si motejarla de punk (foto de la izquierda), drogadicta o sudamericana típica. De mí, hablaban poco, quién sabe cómo se enteraron de que yo no había sido el que apretó el gatillo, y más bien tendían a considerarme cómplice involuntario, desaparecido por causas de amor. Por lo que respecta a nuestras familias, su madre había estado detenida un par de días por presunto encubrimiento, pero la habían soltado; mis padres sólo habían recibido un par de visitas aunque cabía suponer que estarían vigilados. Los pocos amigos que pudieron localizar poco aportaron para llevar a feliz término la investigación.

Cuando entré en PRACCSA lo hice por la puerta de atrás, ya que con la anterior noticia en los periódicos no creía que mi presencia les hiciera felices. El día anterior habíamos estado vigilando el edificio y no habíamos notado nada anormal, todo parecía estable e inofensivo, con ese deje de lasitud que tiene cualquier trabajo de oficina cuando llega el verano; incluso vimos niños jugando en la vereda, salidos quién sabe de dónde.

Ana entró por la puerta principal como si se tratara de una clienta. Años atrás habíamos organizado cenas y excursiones con los compañeros de trabajo y sus esposas, novios y amigos; algunos aún debían de recordarla, así que ella se presentó camuflada bajo un pañuelo que le envolvía la cabeza y unas gafas más voluminosas que las que normalmente usaba. Parecía la caricatura de una turista norteamericana, de esas que andan perdidas buscando un rent-a-car o un banco.

Nos encontramos junto a la centralita telefónica. La telefonista era una chica ciega que ya trabajaba aquí en mis tiempos, así que fue Ana la que habló. Dijo que quería hacer un encargo de bovedillas para su chalet del Montseny y pidió ver un catálogo para comprobar qué medida era necesaria. Su acento debió de conmover a la telefonista.

Hola- dije yo, soy Ángel Ros, ¿me recuerdas?

Luego corté las líneas. La muchacha comenzó a llorar, aunque yo estaba seguro de que no había entendido nada. Ana le acarició el pelo. Con un gesto le indiqué que me siguiera. Aún alcancé a escuchar que le decía "Yo me llamo Ana Ríos, soy amiga de Ángel", y después "Adéu, no te preocupes".

En la oficina del contable encontramos a tres conocidos, no puedo decir que hubiéramos sido amigos, pero mi cara les debía de sonar. Parecían jugar a las cartas. Uno de ellos levantó la mirada y sonrió sorprendido.

Buenos días- dije para ahogar el calor que me abrasaba la piel, no sé si por la temperatura ambiente o por cierto pudor.

Sobre mi hombro sentí la mano de Ana que me apartaba, después escuché una especie de trueno, uno solo, pero las tres personas sentadas frente a nosotros cayeron. Me incliné sobre uno de ellos: la camisa tenía dos agujeros y no salía sangre. Ana cogió la nómina y salimos.

En el pasillo, pegados a la pared, permanecían petrificados alrededor de cinco empleados. Les indiqué con el cañón de mi revólver la dirección que debían seguir mientras Ana arreaba con otros que habían surgido del fondo.

Antes de llegar a la oficina del director, éste salió gritando qué coño pasaba. Ana le ordenó que se arrojara al suelo. Al suelo, exclamé yo desde donde me encontraba, oculto detrás de los empleados que tendían a arremolinarse en torno a su jefe. Pensé que el sonido tardaba minutos enteros en hacerse inaudible. Pude notar que el director hacía el ademán de girarse hacia donde yo estaba, pero luego, con un gesto resignado, se arrodillaba cuidando de no arrugar demasiado los pantalones.

He dicho al suelo, boca abajo- precisó Ana.

En medio del pasillo comenzó a amontonarse más gente. Algunos antiguos compañeros me miraban perplejos. Otros se limitaban a sonreír como diciendo se acabó el trabajo por hoy. Durante unos segundos busqué las caras de aquellos que había conocido. Allí estaban todos, las mismas fisonomías de siempre, sin cambios. Por la mañana, al pensar en volver a verles, los había imaginado distintos, más crecidos, sin tener en cuenta que a esa edad ya nadie crece. Medité que en un año sólo se podía constatar a simple vista el crecimiento de un botones o un auxiliar administrativo, y en la empresa ya no habían individuos de ese género. Me vi a mí mismo como el hermano gemelo de todos ellos y luego como una enfermedad y más tarde como un general. El general que los observaba rodando un barrido en tecnicolor.

Después razoné que ellos no veían en mí el mismo rostro de aquella época. Esto, de rebote, los hacía distintos. Rememoré con nostalgia una Semana Santa que algunos de nosotros habíamos pasado en Londres. En aquellos tiempos sí había auxiliares administrativos y nos lo montábamos de una manera simpática. A mí me llamaban el músico y... Ahora todos habíamos crecido y no teníamos los mismos rostros.

No hemos hecho daño a nadie- mintió Ana-, sólo queremos que nos entreguen sus billeteras y nada malo les va a pasar. Con cuidado, con cuidado...

Y todos empezaron a sacar su dinero de los bolsillos mientras Ana repetía "con cuidado, con cuidado" como el monaguillo que recoge la limosna y yo me sentía enrojecer horriblemente.

Miré a una de las muchachas. Con la punta de los dedos mantenía sujeto un monedero blanco. La recordé tal como era años atrás cuando encontró un gato en el patio de la empresa. El único gato lleno de mierda que he visto en mi vida. La porquería le hacía trenzas en el pelo, unos rizos del tipo músico jamaicano de reggae, y ella abandonó el trabajo para limpiarlo. Pobre gato, debía de venir de una cloaca; y pobre chica, tan buen corazón. Toda una mañana en la parte trasera sin dar golpe. Al enterarse, el director la llamó al despacho y le echó un sermón diciéndole que en la empresa no eran las hermanitas de los pobre. Naturalmente, la muchacha terminó la jornada llorando.

¿Por qué no me enamoré de ella?

Ana me hizo volver al orden. Metió el dinero en una saca mientras yo mantenía encañonado al personal. Algún pequeño cargo, por aquello del anterior compañerismo, intentó interceder. le dije que se callara mientras Ana colgaba de la pared un poema que había escrito para la ocasión pese a mi decidida protesta. El director seguía tendido en el suelo. De pronto comprendió lo que iba a ocurrirle y argumentó precipitadamente que tenía hijos. Le dije que no me gustaban los niños, pero no quise mirar cuando Ana apoyó el cañón de su arma en la nuca y disparó. 

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